CELEBRACION DE ROSH HASHANAH 5769-2008

 Texto de Egon Friedler 

                              
      Esta noche celebramos Rosh Hashanah, el inicio del nuevo Año Judío. Esta fiesta tiene un profundo significado en la tradición judía. Señala con alegría y regocijo la iniciación de un nuevo año, y al mismo tiempo marca un momento de balance espiritual, de revisión crítica de nuestra conducta, de confrontación del hombre y la mujer judíos con su propia conciencia. 
     Rosh Hashanah tambien suele denominarse "Yom Hasikarón", el día del recuerdo, pues en este día recordamos cómo fue nuestra conducta hacia nuestros semejantes en el año transcurrido.

                                            
      Rosh Hashanah  es un día   de reconocimiento de las propias faltas y del compromiso íntimo, individual, a cambiar de conducta. Este concepto de la responsabilidad ética individual es lo que ha diferenciado a los judíos de los demás pueblos en la Antigüedad y constituye un aporte decisivo de nuestro pueblo a la civilización. En el contexto del libre pensamiento judío, el año nuevo es un momento de balance espiritual, de análisis introspectivo, de re-examen de nuestra conducta en relación a nuestros seres queridos y a nuestros semejantes. Rosh Hashanah constituye al mismo tiempo una confrontación del ser judío consigo mismo  y una afirmación de la identidad y la responsabilidad colectivas.

                                        
       Durante siglos Rosh Hashanah ha sido una celebración religiosa y para muchísimos judíos sigue siendo un día de confrontación del hombre con  Dios. Para nosotros es un día de auto-análisis, de introspección, de penitencia ante el tribunal de nuestra propia razón.
       Rosh Hashanah es un desafío a nosotros mismos. Queremos ser mejores de lo que somos, más íntegros, más justos, más solidarios con los demás. Pero no podemos auto-engañarnos : sabemos que debemos hacer frente a nuestras imperfecciones y nuestras limitaciones como seres humanos.
       Nuestro crecimiento espiritual depende de nuestra capacidad para superar nuestros defectos. En Rosh Hashanah tiene particular vigencia el antiguo proverbio judío. "Im ein aní li, mí li, veim lo ajshav as matai" : si no velo por mí mismo, quien lo hará  ? ¨ Si no es ahora, cuándo ? 

                                         
       Somos en última instancia responsables por nuestros actos. No podemos permitirnos la autocompasión ni la autoindulgencia. No podemos renunciar a  las responsabilidades inherentes a la vida. Vivir significa aceptar el desafío que nos presenta un mundo imperfecto y considerar como un compromiso tanto individual como colectivo, la tarea de mejorarlo. El tener presente ese compromiso en nuestra conducta diaria, en cada pequeña prueba que nos impone el contacto con nuestros semejantes, es un profundo imperativo ético judío. 

                                                
     En Rosh Hashanah nos reencontramos con nuestra herencia judía y esto supone el encuentro con los seres de carne y hueso de la Biblia. Jacob practicó el engaño. El rey David pecó con Betsabé y envió a la muerte a su marido, Urías el hitita. Moisés se dejó llevar por la ira y Jeremías estaba sediento de venganza. Lo que da interés y vigencia a los textos bíblicos es su conocimiento del corazón humano y  de la imperfección de la criatura humana.
     Pero también hay en las historias de estos personajes tan lejanos pero tan vivos, una aspiración de trascender, de elevarse espiritualmente, de mejorar el mundo mediante una mejor relación entre los hombres, de bregar por un mundo más justo, más armónico, más pacífico.
     Por todo ello, la Biblia es el fundamento de la herencia espiritual judía y ha sido el libro que más honda influencia ha tenido en la historia de la humanidad.

                                     
        Rosh Hashanah es una ocasión propicia para reflexionar sobre el valor efímero de los bienes materiales. La riqueza y la prosperidad pueden ser amigos peligrosos. Nos dan cosas para poseer. Llenan nuestro mundo de objetos por los cuales preocuparnos. Primero adquirimos cosas porque nos son útiles y pueden servir para nuestro bienestar. No solo nos prometen seguridad sino también identidad. Pero nuestra propiedad se transforma y nos transforma. De amos nos vamos transformando en esclavos. Dependemos cada vez más de lo que tenemos y cada vez menos de lo que somos. No dejemos que los bienes materiales nos empobrezcan espiritualmente. La vida siempre debe ser mucho más que la acumulación de cosas y del efímero poder que ellas parecen darnos. La riqueza espiritual no puede ser comprada por ningún oro en el mundo. Y el camino hacia ella está en la conciencia de cada uno.

                                         
       Rosh Hashanah marca la iniciación del año judío. Celebrar esta festividad es remarcar que somos miembros de la familia judía, que somos parte del pueblo judío. Sus raíces son las nuestras: su cultura es la nuestra. El año nuevo es una oportunidad para reforzar nuestros vínculos con el pasado judío. Y también para reforzar nuestros sentimientos de solidaridad y de pertenencia. Estamos unidos para decir una vez más que la cadena de la continuidad no se ha roto.
                  
                                         
         Un rabi jasídico dijo una vez que los judíos se asemejan a la arena de la costa marina y a las estrellas en el firmamento. Cuando caen, llegan tan bajo como la arena de la costa pero cuando se elevan pueden llegar espiritualmente a la altura de las estrellas. En esta parábola se resume la grandeza y la miseria del género humano. El afán de superación espiritual es una cualidad innata que no necesita del estímulo de tradiciones o rituales religiosos. 

                                         
             En ciertos estudios etimológicos encontramos una curiosa interpretación del vocablo "Shanah" (Año en hebreo) el cual provendría de la misma raíz que "shinui" es decir, cambio, transformación. El año venidero debe ser distinto, en sentido positivo, del que está  por concluir. Tal es el anhelo de todo judío en Rosh Hashanah ; que su hogar, su vida, la de los suyos y la de todos sus semejantes sea mejor, más rica y armónica.

                                         
         El judaísmo es más que teología y que textos del pasado remoto. Es más que una fe y que ritos y normas de carácter religioso. Es una cultura viva de un pueblo vivo.
        El judaísmo es pasado y presente. Familia, amor y lazos de amistad. Es sentido de la continuidad. Memoria, raíces y orgullo compartido. Música, danza y humor. Todo lo creado por el pueblo a lo largo de los siglos es judaísmo.
         La riqueza del judaísmo está precisamente en su diversidad, en la variedad de opciones que ofrece. Si hay algo que ha permitido el  mantenimiento del judaísmo a través de los siglos, ha sido la libre elección entre las infinitas posibilidades del ser judío.

                                              
        El poder del pueblo radica en su capacidad de cambio. Las circunstancias varían constantemente. El pueblo no es nunca el mismo y vive inmerso en un mundo que cambia vertiginosamente. Cada nueva circunstancia histórica plantea nuevos retos y desafíos. Hoy vivimos en un momento en que en distintos continentes  renacen odios ancestrales y feroces pasiones fratricidas. Y como siempre en la historia en que resucitan viejos egoísmos nacionales, renace también el terrible fantasma del antisemitismo. La historia nos ha enseñado a no bajar la guardia y a no confiar en que coyunturas favorables se mantengan de una vez para siempre.
 
                                                      
       Somos integrantes de una generación para la cual el estado de Israel constituye un hecho de la realidad, con sus luces y sus sombras.  Nuestros antepasados conocieron un mundo  en el cual la soberanía judía era tan solo el sueño de algunos visionarios y  ser judío equivalía a ser integrante de un pueblo errante, perseguido y humillado. Hoy, luego de la celebración de sus primeros 60 años, la existencia del estado de Israel nos resulta tan natural como el aire que respiramos. Esa normalidad nos hace olvidar nuestra inmensa deuda histórica con los forjadores del estado.
      La existencia del estado de Israel es un elemento esencial de nuestra identidad judía y de nuestra dignidad e integridad como seres humanos libres.
                             
                          
      Heredamos del sabio Hillel uno de los más hermosos proverbios :"Ama a tu prójimo como a tí mismo.Esa es la clave del más noble de los sentimientos : la fraternidad humana. Lo explicita magníficamente Erich Fromm :"En el amor fraternal se realiza la experiencia de unión con todos los hombres, de solidaridad humana, de reparación humana. El amor fraternal se basa en la experiencia de que todos somos uno. Las diferencias en talento, inteligencia, conocimiento, son despreciables en comparación con la identidad de la esencia humana común a todos los hombres. Si percibo en otra persona nada más que lo superficial, percibo principalmente las diferencias, lo que nos separa. Si penetro hasta el núcleo, percibo nuestra identidad, el hecho de nuestra hermandad".

                                       
        Cada año que pasa nos aleja más de la  profunda revolución que ha llevado a la quiebra del  socialismo totalitario como sistema político. Con la caída del comunismo ha terminado el enfrentamiento de dos bloques antagónicos, el armamentismo nuclear a nivel planetario, la guerra fría en todas sus formas, el temor a la extinción de la raza humana en un holocausto en el cual todos hubiéramos podido ser víctimas.
        Lamentablemente el fin de la guerra fría no ha colmado las expectativas exageradamente optimistas que generó la caída del muro de Berlín en noviembre de 1989.  El derrumbe del comunismo ha sido seguido por el despertar de antiguas fobias y egoísmos nacionales, odios étnicos y pasiones fratricidas. Y hoy nuevos focos de conflicto parecen reavivar la posibilidad de una nueva guerra fría. En materia económica, el mundo vive actualmente una coyuntura económica favorable gracias al ascenso económico de los dos grandes gigantes asiáticos, India y China y a la valorización de las materias primas en el mercado internacional. En forma paralela, el incontrolable proceso de globalización, incentivado por la extraordinaria revolución de las comunicaciones,  ha creado una nueva realidad internacional. En esta realidad crece el desequilibrio entre la tecnología y los recursos humanos, entre países ricos y pobres, entre la necesidad de  más recursos energéticos y los problemas ecológicos del planeta, entre el crecimiento demográfico y la falta de medios para hacerle frente de manera digna y humana. Hay un evidente desequilibrio entre los medios de que dispone la humanidad y su utilización racional. El hombre siente que ha perdido el control sobre su destino.

                                     
           El mundo organizado no es capaz de encontrar soluciones para sus problemas más acuciantes : la incapacidad humana de hacer frente a los desastres naturales que cíclicamente azotan una y otra vez distintas regiones del planeta, el creciente desempleo a escala planetaria, los recurrentes conflictos étnicos que a menudo culminan en terribles derramamientos de sangre, la  miseria y el hambre  en distintas partes del mundo, el alarmante crecimiento a nivel global de una criminalidad cada vez más poderosa y amenazante, el terrible flagelo de la drogadicción, el mantenimiento en el poder  de regímenes dictatoriales que logran sostenerse mediante el gastado pero siempre eficaz recurso de la denuncia de enemigos externos, reales o inventados, la vigencia de viejos conflictos que parecen no tener fin, el uso irracional de los recursos cada vez más abundantes y sofisticados de que disponemos, el alarmante auge de la corrupción en las estructuras estatales de numerosos países, el surgimiento de  viejos-nuevos mesianismos agresivos como el fundamentalismo islámico que han convertido el terrorismo masivo e indiscriminado en un arma lícita, el alarmante resurgimiento de antiguos males como el racismo y la xenofobia. Al amenazante orden bipolar de la confrontación entre el capitalismo occidental y el totalitarismo comunista, ha sucedido un peligroso desorden internacional en el cual la humanidad parece estar indefensa frente a minorías violentas y alienadas.  

                                      
      En este mundo convulsionado, el Medio Oriente se encuentra en una fase particularmente difícil y delicada. En esta región conflictiva  y fracturada, la guerra de Irak, parece  haber llevado a la confluencia de todas las tendencias destructivas existentes en el mundo árabe e islámico. La intensidad de la guerra ha disminuido pero aún subsiste el embate de muchos factores sectarios interesados en que los derramamientos de sangre prosigan. Simultáneamente los peligros para la paz y la estabilidad del mundo se multiplican en Afganistán y en Pakistán, dos países en los que actúan importantes grupos armados de militantes islamistas armados, cuyo sueño es destruir nuestra civilización contemporánea e instalar en su lugar un califato islámico del modelo que existió en los primeros siglos que siguieron a la aparición del Islam.

                                    
     Las violentas divisiones en el seno del mundo árabe, también se han manifestado de manera muy dramática en el seno del pueblo palestino. La toma por la fuerza de Gaza por parte del movimiento islámico Hamas desplazando a Al Fatah, ha creado dos espacios de poder palestinos, ninguno de los cuales tiene por sí solo la posibilidad de servir de base para la creación de un estado independiente. Aún si Israel decidiera adoptar por una generosidad suicida y estuviera dispuesto a aceptar todas las exigencias territoriales exigidas por los palestinos, éstos no tienen las instituciones, los medios logísticos y la capacidad para crear un estado independiente en la actualidad. Pero la historia es dinámica y las condiciones actuales podrían cambiar en un plazo imprevisible.

                            
      El Medio Oriente se debate entre tímidos intentos de diálogo y  amenazas de guerra procedentes principalmente de Teherán y de sus aliados en el Líbano, en Damasco y en el campo palestino. Pero los problemas del Medio Oriente no pueden aislarse hoy de un contexto mucho más amplio. Por una parte, el mundo entero enfrenta el ataque concentrado del radicalismo islámico que sueña con la hegemonía mundial. Por otra parte, hay una sangrienta guerra civil en el seno del mundo islámico que se manifiesta sobre todo en las cruentas matanzas mutuas entre shiítas y sunnitas en Irak y en otras partes del Medio Oriente. Esa compleja suma de conflictos hacen aún más difícil y más intratable la búsqueda de una solución del conflicto palestino-israelí.
                                
                                       
       Los dos acontecimientos más dramáticos que ha vivido el estado de Israel en los últimos dos años han dejado un balance mixto. Por una parte, la guerra del Líbano ha puesto en evidencia que Israel enfrenta a un enemigo duro que cuenta con medios bélicos sofisticados en su frontera Norte. Por otra, la rápida recuperación del país de las consecuencias de la guerra ha sido clara evidencia de la fortaleza y capacidad constructiva del pueblo israelí. La salida de Gaza ha liberado a Israel de un gravísimo problema. La situación de un pequeño número de colonos judíos en medio de una enorme población hostil, a la larga hubiera sido insostenible. Pero lamentablemente los palestinos fueron incapaces de utilizar la ventaja del desalojo de los colonos judíos con fines constructivos y perdieron una vez más una oportunidad histórica de demostrar al mundo que tienen la capacidad y la voluntad de crear un estado propio. Al mismo tiempo, el gobierno israelí no ha tenido mucho éxito en el reasentamiento de los colonos desplazados de Gaza, lo que genera un inquietante precedente para futuras desocupaciones de territorios en aras de un acuerdo de paz.

                                           
         La actual crisis del gobierno de Israel demostró que el país  ha comenzado a presentar síntomas alarmantes de una enfermedad universal ligada a la política y el poder : la corrupción, en sus diferentes formas. Pero es necesario señalar que Israel ha sabido enfrentarla con firmeza y determinación, incluso cuando involucró a los máximos niveles de conducción del estado. Al mismo tiempo, su dinamismo en el desarrollo de nuevas tecnologías, de la investigación científica y la creación cultural, la colocan entre las naciones avanzadas en el mundo. Del mismo modo ha sabido mantener una democracia vibrante y una sociedad abierta a pesar del acoso a que está sometida por países hostiles y a no haber conocido un solo día de paz completa y libre de amenazas a lo largo de toda su existencia.

                                                
       Si Israel enfrenta problemas de enorme envergadura, no menos serios son los problemas que enfrenta la Diáspora. La creciente emigración de los judíos de Francia a Israel debido a un antisemitismo musulmán cada día más violento, ha vuelto a subrayar la precariedad de nuestra existencia en un mundo en el que el radicalismo islámico es la gran amenaza al mundo abierto y democrático en el siglo XXI. La globalización significa también la amenaza potencial del terrorismo en todos los puntos cardinales de la tierra. Hoy todo el mundo tiene clara conciencia de que el régimen teocrático iraní fue responsable del atentado contra la AMIA en 1994. Sin embargo, gracias a la estrecha vinculación  del gobierno iraní con el de Venezuela, la posibilidad de una presencia iraní militante en el continente es una espada de Damocles sobre la cabeza de nuestras cada vez más pequeñas comunidades en América Latina.
       No menor, aunque de naturaleza mucho más positiva, es el desafío de recrear la vida judía sobre bases que la hagan atractiva para las nuevas generaciones y fortalecer la identidad judía en una sociedad tecnológica en la que existen fuertes presiones para debilitarla y hacerla desaparecer.   

                                     
      Paralelamente a todas las amenazas que debemos enfrentar, no podemos dejar de valorar todos los hechos positivos que siguen gravitando en la vida judía. La contribución judía a la civilización  nunca ha sido tan variada, tan extendida y tan importante. No son pocos los investigadores de las ciencias sociales que tratan de entender el fenómeno de cómo una minoría ínfima como lo es el pueblo judío en el seno de la humanidad desempeña un rol tan desproporcionado a su tamaño. No solo se trata del número de Premios Nobel judíos. Se trata del hecho incontrovertible de que el aporte judío en las ciencias naturales, las ciencias humanas, las  diversas manifestaciones del arte y los más variados campos del saber humano es tan decisivo, que sin él no sería concebible el mundo contemporáneo tal como lo conocemos.   


                                               El fracaso del mundo comunista significó el fin de una concepción totalitaria del mundo y de una falsa justicia social impuesta por la fuerza. Pero no significó en modo alguno el fin de los ideales de justicia social y fraternidad humana que desde los profetas de Israel ha sido el patrimonio de generaciones de visionarios e idealistas que soñaron con un mundo más justo, solidario y fraterno. En un momento histórico en el que han resurgido con virulencia los viejos fantasmas del fascismo, el chauvinismo, el fundamentalismo religioso y la intolerancia en sus más diversas formas, afirmamos nuestra fe en los valores del humanismo y la solidaridad de todo el género humano. Estamos convencidos de que la justicia social y el desarrollo económico no son incompatibles, del mismo modo en que no lo son una dinámica economía de mercado y una eficaz gestión económica pública y estatal.

                                        
           Tenemos el más profundo respeto por la tradición religiosa judía, pero nosotros somos hijos de la Emancipación y de la modernidad. Nuestro judaísmo es nacional y cultural y no está  subordinado a ninguna teología ni ninguna mística. Sostenemos la legitimidad de la infinita variedad de tendencias y posturas filosóficas y religiosas en el seno del pueblo judío. El pluralismo democrático es un imperativo sin el cual nuestro pueblo estará condenado a convertirse en una secta o a desaparecer. Por ello nuestra lucha por el pluralismo es la lucha por la continuidad judía y por la defensa de los valores esenciales del judaísmo. Esta lucha es vital no solo para la unidad del pueblo judío sino también para la conservación de los principios democráticos que rigen nuestra vida.
 
                                        
            Rosh Hashanah es no solo una confrontación con nuestra conciencia.    También es un reencuentro con nuestro judaísmo.
Este nos brinda la seguridad de nuestras raíces, la alegría de un hondo sentimiento de pertenencia, el profundo vínculo espiritual con el estado judío , el lazo vigoroso de la solidaridad  de un pueblo universal y el sentirnos parte de una larga cadena de generaciones. 

                                      
        En nuestro hemisferio Rosh Hashanah coincide con la llegada de la primavera que es símbolo de renovación y de nueva vida. Anhelamos que el nuevo año traiga  progreso y prosperidad para el mundo entero y la paz tan anhelada para el Medio Oriente. En el año que se inicia, el pueblo judío debe seguir haciendo frente a trascendentes cometidos históricos, entre los cuales el principal es hacer frente a todas las fuerzas negativas que tratan de condenar a la frustración todo avance hacia la convivencia pacífica entre el pueblo palestino y el pueblo israelí. Es de esperar que el gran sueño de la paz genuina entre árabes y judíos no se vea postergado una vez más en el año que se inicia.

                                         
         Rosh Hashanah es una celebración de regocijo y de alegría, de valoración de la vida humana y de los vínculos fraternos que unen a todo al pueblo judío, en toda su dispersión y en toda su variedad. Es en ese espíritu que alzamos nuestras copas por Israel, por Jerusalén, el corazón del estado judío, por la paz, por la prosperidad, por un mundo más justo, más solidario y más unido en torno a causas que importan a toda la humanidad: un mundo que esté un poco más cerca de la realización de los sueños de los profetas de Israel que siguen teniendo vigencia después de dos mil años.

                                         LEJAIM.