"Bandeja de plata" o deseo divino - A 120 años del Primer Congreso Sionista
 
Rabino Dr. Efraim Zadoff
 
El 29 de agosto de 2017 se cumplen 120 años del primer Congreso Sionista, que fue convocado por un grupo de judíos liderados por el Dr. Theodor Biniamin Zeev Herzl en Basilea – Suiza. En realidad el plan era realizar el congreso en la ciudad alemana de Munich, pero esto no se pudo realizar debido a la oposición presentada por el Consejo de rabinos (ortodoxos) de la ciudad. Para evitar la disputa, los convocantes al congreso decidieron realizarlo en otra ciudad.
La oposición a la realización del congreso sionista y al sionismo en general no fue algo local de los rabinos en Munich. En realidad esta oposición surgió de al menos tres posiciones:
1. Temor a que una posición nacionalista judía podía despertar una controversia con el medio no judío y exacerbar el antisemitismo que ya era bastante virulento en Europa central. Probablemente este fue en gran medida el motivo de los rabinos de Munich.
2. La presentación de los judíos como pueblo con aspiraciones nacionales y no como una religión socavaba los fundamentos de las corrientes judías que promovían la inserción de los judíos en los diferentes estados nacionales como un grupo religioso más. Estas posiciones eran sostenidas por grupos religiosos ortodoxos y por el movimiento reformista surgido a comienzos del siglo XIX. 
3. El desafío que el movimiento sionista, como movimiento político no religioso, presentaba a las posiciones tradicionales religiosas ortodoxas que planteaban que el destino del pueblo judío estaba exclusivamente en manos divinas y que sólo el designio de Dios podría encontrar una solución a la realidad que vivían y sufrían los judíos.
4. Una cuarta posición era la sostenida por los socialistas que veían en los judíos una minoría cultural con lengua propia – el ídish, y que como tal debía insertarse en la lucha de clases y así solucionar su precaria situación. De esta posición surgió el partido Bund cuyo encuentro fundacional fue también en 1897 y que con el tiempo agregó de uno u otro modo cierta dimensión nacional que debía satisfacerse en los países donde los judíos vivían.
El movimiento sionista fue en definitiva una respuesta política no religiosa y en gran medida libre y contraria a los mandatos religiosos, que decidió difundir la idea que los judíos deben ejercer sus derechos nacionales y actuar positivamente para ponerlos en práctica. Hubo en un comienzo algunos rabinos que apoyaron al sionismo pero en esta perspectiva política. A comienzos del siglo XX se incorporó a la Organización Sionista Mundial un nuevo partido formado por judíos que aceptaron los fundamentos políticos en la acción nacional, desde una posición personal de observación de los principios religiosos.
Esta exposición suena como una clase de historia que narra lo ocurrido "allá lejos y hace tiempo". Pero la realidad es diferente. Como demostración, una más de tantas posibles, quiero mencionar un hecho que ocurrió hace dos meses en un programa de radio de Galéi Tzáhal. El veterano y reconocido periodista Razi Barkaí entrevistó al ministro de Salud rabino Iaakov Litzman, que participa en el gobierno en nombre del frente religioso ultraortodoxo)jaredí)  en el que representa a la rama jasídica de Gur.
Razi Barkaí comenzó la entrevista preguntándole si conoce la poesía de Natán Alterman Magash hakésef (La bandeja de plata). Esta poesía, que hace referencia a un dicho del primer presidente de Israel Chaim Waizman que el estado judío no será servido a los judíos en una bandeja de plata, expresa que esta bandeja consistieron los jóvenes combatientes –muchachas y muchachos– que se sacrificaron para obtener el estado judío soberano. Esta poesía se publicó en diciembre de 1947, tres semanas después de la votación en la ONU por la partición de la Tierra de Israel, y volvió a publicarse en noviembre de 1948, cuando el Estado de Israel era ya una realidad.
Iaakov Litzman respondió que no conocía la poesía y ante la sorpresa de Barkaí le respondió si él conocía de memoria alguno de los capítulos del libro bíblico de Salmos. Barkaí quedó sin respuesta.
Más allá del debate entre estos dos personajes en la arena de la actualidad, a mí parecer hay en este diálogo un trasfondo idelógico profundo en la realidad del pueblo judío, y en lo que simboliza cada una de las fuentes en la misma.
Para hacer una comparación que ilustre lo que quiero señalar elegiré uno de los capítulos del libro de Salmos –creación muy rica de la literatura clásica judía– para ponerla frente a la poesía antes nombrada. Quiero elegir el salmo 126, cuyos primeros cuatro versículos dicen así: 
(1) Cántico de las ascenciones. Cuando devolvió el Eterno a los retornantes de Sión, estábamos como en una ensoñación.
(2) Se llenó nuestra boca de risas, y nuestra lengua con cánticos. Entonces dijeron entre las naciones: "El Eterno ha hecho grandezas con ellos".
(3) Sí, grandes cosas ha hecho el Eterno por nosotros, y nos alegramos.
En el breve debate entre Barkaí y Litzman se ha vuelto a presentar la discusión entre el movimiento sionista y sus opositores desde la perspectiva jaredí. ¿A qué se debe el inmenso logro nacional del pueblo judío de tener un estado soberano? ¿A la voluntad del Eterno o al sacrificio de generaciones de judíos que lucharon en todos los ámbitos – militares y civiles? ¿Al mantenimiento de decenas de miles de jóvenes prisioneros en un marco cultural que no quiere reconocer la importancia de la modernidad o al estudio de conocimientos universales y a la apertura a la realidad circundante desde una posición cultural judía humanista?
Al poco tiempo de la clausura del primer Congreso, Herzl escribió en su diario: en Basilea he fundado al estado judío, el que no me cabe duda que se erigirá, si no en cinco, seguramente en 50 años. Muchos consideramos estas palabras como proféticas, imbuídas de una profunda convicción en la justicia de sus pensamientos. Sin embargo dudo que en aquel momento hubiera podido intuir que 120 años después, considerables sectores del pueblo judío, sustentados por el estado judío laico, sigan intentando socavar sus fundamentos.