Reflexiones sobre el Holocausto
Yehuda Bauer

Apéndice
Discurso ante el Bundestag



El 27 de enero de 1998, el día de Recordación del Holocausto en Alemania, hablé en el Bundestag, la Cámara de Representantes alemana. Lo que dije ahí es la conclusión que puedo extraer de todo lo que traté de decir en este libro.

Señor Presidente del Bundestag; Señor Presidente de Alemania, Señor Presidente del Bundesrat (Cámara alta del Parlamento); Señor Canciller; señoras y señores; estimados amigos. El 27 de enero de 1945 el Ejército Soviético conquistó el complejo de campos de Auschwitz. Solamente unas siete mil, ocho mil personas fueron liberadas, en su mayoría eran enfermos cuyas vidas se habían salvado milagrosamente de las S.S. Otros cincuenta y ocho mil habían salido unos pocos días antes en una "marcha de la muerte".
Fueron seguidos, durante los últimos cuatro meses de la guerra, por muchos cientos de miles, de casi todos los campos de concentración, marcando el último espasmódico e interminable brutal impacto del régimen más cruel que el mundo haya visto alguna vez. El 27 de enero el horror estaba aún lejos de pasar, a pesar que Auschwitz ya no estaba en manos de los asesinos.
¿Aprendimos algo? La gente rara vez aprende de la historia, y la historia del régimen nazi no constituye una excepción. Hemos fracasado también en comprender el contexto general. En nuestras escuelas seguimos enseñando acerca de Napoleón, por ejemplo, y cómo ganó la batalla de Austerlitz. ¿Venció él solo? ¿Podría ser que alguien lo ayudó en eso? ¿Algunos miles de soldados tal vez? ¿Y qué pasó con las familias de los soldados caídos, de los heridos de todos los lados, de los aldeanos cuyas aldeas habían sido destruidas, de las mujeres que habían sido violadas, de las mercancías y posesiones que habían sido saqueadas? Aún estamos enseñando acerca de los generales, acerca de los políticos y acerca de los filósofos. Estamos tratando de no reconocer el lado oscuro de la historia – los asesinatos masivos, la agonía del sufrimiento que está gritando en nuestros rostros desde toda la historia. Nosotros no escuchamos la lamentación de Clio, la diosa de la Historia. Nosotros todavía fracasamos en entender que nunca seremos capaces de luchar contra nuestra tendencia a la aniquilación recíproca si no lo estudiamos y lo enseñamos y si no enfrentamos el hecho de que los humanos son el único mamífero que es capaz de aniquilar su propia especie.
El sociólogo estadounidense Rudolph J. Rummel llegó a la conclusión de que entre los años 1900 y 1987, gobiernos y organizaciones gubernamentales asesinaron 169 millones de civiles, sin contar los 34 millones de soldados caídos. ¿Quién cometió esos crímenes? En su mayoría regímenes no democráticos. A pesar de que también democracias cometieron crímenes, estas fueron responsables de menos del uno por ciento de las víctimas civiles.
Estos datos estadísticos son útiles solo parcialmente. No revelan la tragedia, sino que la ocultan. Sabemos que son personas, y no estadísticas, quienes fueron torturadas y asesinadas. Esto ocurrió a un enorme número de personas que eran exactamente como ustedes y yo.
La guerra, que fue instigada por el nacionalsocialismo alemán, principalmente por razones ideológicas, costó la vida de alrededor de 49 millones de personas, la mayoría de las cuales eran civiles. Si adoptamos la definición de genocidio utilizada por las Naciones Unidas, lo que sucedió a la nación polaca y a los roma y sinti, llamados gitanos por otros, fue realmente un genocidio. La nación polaca como tal estaba destinada a desaparecer. La política aplicada a ellos estaba acompañada de asesinatos masivos: los intelectuales polacos se habían convertido en objetivo de aniquilación, universidades y escuelas fueron cerradas, el clero fue diezmado, todos los importantes emprendimientos económicos fueron confiscados, los hijos de las familias polacas fueron deportados a Alemania para ser sometidos a una “germanización”. Los sinti y los roma de Alemania fueron condenados a la desaparición a través de asesinatos en masa y esterilización. Los roma nómades debían ser asesinados donde fuera que se encontraran en Europa (aquellos que estuvieran afincados, serían tolerados). Millones de rusos y otros pueblos soviéticos –también europeos occidentales, italianos, pueblos de los Balcanes e incluso alemanes– fueron víctimas del régimen.
¿Por qué? Yo creo que debemos comprender que fue planificada una revolución radical, una rebelión contra todo lo que había habido antes. No se había ideado un nuevo orden de clases sociales, de religiones o ni siquiera de naciones, sino completamente una nueva jerarquía –construida sobre lo que ellos llamaron razas– donde la raza principal no solo tendría el derecho, sino la obligación de gobernar sobre las otras y esclavizar o asesinar a todos aquellos que considerara diferentes de sí misma. Esta era una ideología universalista: "Hoy nos pertenece Alemania, mañana el mundo entero", como decía la canción nazi.
¿Cómo es posible que un pueblo culto que vivía en el medio de Europa y que había desarrollado una de las civilizaciones más grandes que haya habido jamás hubiera suscripto tal ideología, e instigado a una guerra de aniquilación y haya estado ligado a ella hasta el amargo final? Señoras y señores, el terror no fue la única razón. Había un consenso basado en la promesa de una maravillosa utopía – la utopía de una comunidad idílica de gente gobernando el mundo, exento de fricción, sin partidos políticos, sin democracia, y que estaría servida por esclavos. Para obtener tal objetivo, era necesario un alzamiento contra todo lo que había antes: clase media y moralidad judeo-cristiana, libertad individual, humanitarismo – todo el "paquete" de la Revolución Francesa y del Iluminismo. El nacionalsocialismo era, de hecho, la revolución más radical que haya tenido lugar alguna vez – una rebelión contra lo que, hasta entonces, había sido considerado humano.
El núcleo de la estrategia para aniquilar a cualquiera considerado como diferente fue el Holocausto, el proyecto de aniquilación total del pueblo judío y el efectivo asesinato de todos los judíos sobre los que los asesinos pudieran echar mano. Y la cosa más horrible acerca del Holocausto no es en realidad el hecho de que los nazis eran inhumanos – la cosa más horrible es que ellos en realidad eran humanos, tan humanos como somos ustedes y yo. Cuando sostenemos que ellos eran diferentes de nosotros y que podemos dormir en paz, con la conciencia tranquila, porque los nazis eran diablos y nosotros no somos diablos porque no somos nazis, ese es un escapismo barato. Un escapismo barato del mismo tipo está implícito cuando decimos que los alemanes están genéticamente programados para ejecutar asesinatos masivos. Debido a que la mayoría de las personas no son alemanes, muchos tienden a pensar que cualquier cosa que haya ocurrido nunca podrá ser repetida por ningún otro y que solo podría haber ocurrido en Alemania. Esto es racismo invertido.
Todo esto ocurrió hace aproximadamente sesenta años. Alguien podría pensar que la famosa última línea se habría trazado hace mucho tiempo, que el interés en este genocidio específico ya habría acabado. Pero la verdad es lo opuesto. Difícilmente transcurra una semana sin que un nuevo libro esté siendo publicado en algún lugar del mundo, o memorias o una novela o un debate científico, sin que haya obras en cartel, sin que aparezca una poesía, sin programas de televisión o lanzamientos de películas, y similares. Una gran parte de ellos pueden ser kitsch, pero muchos de ellos valiosos. Nuevamente, debemos preguntar ¿por qué? ¿Por qué el Holocausto es el tema central y no Camboya o los Tutsi o Bosnia o los armenios o los indios de América del Norte?
No estoy seguro si mi respuesta a esta cuestión tan central es mejor que cualquier otra, pero no obstante querría presentarla. No creo que el sadismo y la brutalidad con los cuales las víctimas fueron maltratadas puedan ofrecer una explicación, porque sufrimiento, agonía y tormento no pueden ser graduados. He publicado, en inglés, el testimonio de una mujer sinti (gitana) que perdió a su esposo y vio a sus tres hijos morir frente a sus propios ojos. ¿Cómo es posible comparar esto con la tragedia de un judío o un aldeano ruso o de un tutsi o de un khmer camboyano? Seguramente es imposible decir que el sufrimiento de una persona es mayor o menor que el de la otra, que un asesinato masivo es mejor o peor que otro. Una declaración de este tipo sería repulsiva. Por lo tanto, es la brutalidad y el sadismo lo que hacen tan singular al Holocausto. Realmente, el nacionalsocialismo alemán ha enriquecido este repertorio trágico de una manera extraordinaria, pero la brutalidad no es una innovación en la historia. ¿Es un factor distintivo, posiblemente, el hecho de haber sido un asesinato masivo iniciado por el estado llevado a cabo con la ayuda de tecnologías modernas y minuciosidad burocrática? No pienso eso. El genocidio de los armenios fue llevado a cabo con la ayuda de la tecnología y las herramientas burocráticas disponibles en aquel momento y los nazis, ellos mismos, llevaron a cabo sus crímenes contra los polacos y contra los roma con los mismos métodos que usaron contra los judíos.
No, yo pienso que la respuesta está en otra parte. Ustedes ven, es la primera vez en toda la historia que personas descendientes de tres o cuatro tipos peculiares de abuelos –judíos– fueron condenadas a la muerte solamente por haber nacido. El solo hecho de haber nacido fue en sí mismo el crimen mortal que debía ser vengado con la ejecución. Esto no había sucedido nunca antes, en ningún lugar. Una segunda característica del Holocausto que no tenía precedente es que cualquier descendiente judío debía ser apresado en cualquier lugar en el mundo donde la Alemania nazi tuviera influencia, sea en forma directa o por medio de aliados – en cualquier lugar del mundo, un mundo que mañana “nos” pertenecería. El asesinato de judíos no fue dirigido contra los judíos de Alemania o los judíos de Polonia o inclusive los judíos de Europa, sino contra los diecisiete millones de judíos dispersos en el mundo entero en 1939. Todos los otros casos de genocidios fueron perpetrados en territorios definidos, aunque los territorios en algunos casos fueran muy amplios, mientras que el asesinato de los judíos fue concebido para ser universal. Tercero, la ideología. Numerosos colegas han analizado la estructura del nazismo, su burocracia, la operación diaria del aparato asesino. Todos sus hallazgos son absolutamente correctos – pero ¿por qué los burócratas, quienes embarcaban a los escolares alemanes a las colonias de verano y a los judíos por tren a los campos de la muerte con los mismos medios administrativos, hacían esto último? ¿Por qué asesinar a todos los judíos que se pudieran encontrar y no, digamos, a todas las personas de ojos verdes que se pudieran encontrar? Tratar de explicar esto con la ayuda de las estructuras sociales –aunque estas pudieran haber sido muy importantes– es inaceptable, por lo menos hasta donde yo entiendo.
La motivación fue ideológica. La ideología racista antisemita fue el resultado racional de un enfoque irracional, un enfoque que fue una mutación, similar a la del cáncer, de la ideología cristiana antisemita que ha manchado las relaciones judeo-cristianas durante sus dos milenios de coexistencia. El antisemitismo nazi fue pura ideología, con un mínimo de relación con la realidad: los judíos estaban acusados de una conspiración mundial, una idea derivada del odio judío de la Edad Media, donde en realidad los judíos no eran capaces de lograr la unidad, ni siquiera sobre una base parcial. Entre ustedes y yo, todavía no son capaces de ello. Una conspiración existió, pero no fue una conspiración de los judíos; fue de los nacionalsocialistas.
Los judíos fueron acusados de ser agitadores revolucionarios, de ser capitalistas, lo que significa que todas las diferentes fobias fueron reducidas a un único denominador. Naturalmente, la mayor parte de los judíos no pertenecía a ninguna de esas categorías, sino que eran de clase baja o media. No poseían territorios, ni comandaban poderío militar, ni controlaban ninguna economía nacional, aunque sea solamente porque no constituían una entidad, pero conservaban su tradición, como individuos, siguiendo interpretaciones mutuamente contradictorias, dentro de un marco de pequeñas comunidades étnico-religiosas o, cuando eran seculares o ateos, ni siquiera pertenecían a comunidades judías formales.
En todos los demás casos de genocidio que conocemos, la motivación fue de alguna forma pragmática, como en el caso de los armenios donde había una motivación nacionalista para su asesinato, o en el caso de Ruanda, donde hay un conflicto mortal por poder y territorio. En el caso del Holocausto, la ideología subyacente del genocidio fue, por primera vez en la historia, pura fantasía.
Se puede agregar un cuarto elemento a las características sin precedentes del Holocausto: los campos de concentración. Los nazis no lo habrán inventado, pero seguramente lo llevaron a un nuevo estado de desarrollo. No solamente el asesinato y el sufrimiento en esos campos deben ocupar nuestra mente, sino el elevado nivel al cual han llevado el arte de la humillación a través del control que ejercían sobre las necesidades psicológicas de las personas. Esto no tiene precedente en la historia humana. Es verdad, las humillaciones y todo lo demás no eran perpetrados solamente contra los judíos, pero los judíos eran quienes estaban en el peldaño más bajo de ese infierno. Lo que los nazis lograron subordinando a los judíos a tal extremo no fue la deshumanización de los judíos sino la deshumanización de ellos mismos. Al instalar esos horrorosos campos de concentración ellos se posicionaron a sí mismos en el rango más bajo posible de humanidad.
¿Qué dejaron los nazis atrás? ¿Dónde están sus logros literarios, artísticos, filosóficos, arquitectónicos? El Reich nazi los convirtió en nada. Dejó solamente un monumento conmemorativo: las ruinas de los campos de concentración y, coronándolo, el único gran logro del nazismo: Auschwitz y el asesinato masivo.
La ausencia de un precedente para el Holocausto es lo que está empezando a entenderse en todo el mundo. Un caso muy especial de genocidio tuvo lugar aquí – total, global, puramente ideológico. Se puede repetir – seguramente no en la misma exacta forma, pero posiblemente en una similar, puede ser inclusive en una forma muy similar, y no tenemos modo de determinar quién será "los judíos" y quién podría ser "los alemanes" la próxima vez.
Esta amenaza es universal y al mismo tiempo –porque está basada en la experiencia del Holocausto– muy específicamente conectada con los judíos. Lo específico y lo universal no pueden ser separados. Es el carácter extremo del Holocausto lo que le permite ser comparado con otros casos de genocidio y ser presentado como una advertencia. De hecho, ya ha sido copiado, aunque no exactamente. ¿Se debe ignorar la advertencia? ¿Podrá el Holocausto servir como precedente para otros que querrían infligir lo mismo a otros?
¿Cómo pudo ocurrir eso? Yo pienso que uno debe mirar en la antigua tradición incluida en el libro que viene de mis ancestros. En ese libro está escrito que el género humano puede elegir entre el Bien y el Mal, entre la vida y la muerte. Eso quiere decir que el género humano es capaz de ambos, que ambos existen dentro del yo – ambos: Dios y el diablo. Expresado en una forma más moderna, eso significa que el impulso por la vida y el deseo de la muerte – la nuestra propia o la de otros, está dentro de nosotros. Bajo determinadas condiciones podemos convertirnos en Eichmanns o en salvadores.
Respecto de Alemania, no estamos hablando de culpa; estamos hablando acerca de la responsabilidad frente al futuro de la cultura en la cual se desarrolló este monstruo.
Porque, señoras y señores, ustedes saben muy bien: “la muerte fue un maestro de Alemania” – no obstante los judíos nunca fueron enemigos de los alemanes o de Alemania. Justamente lo contrario. Los judíos alemanes estaban siempre orgullosos de todo lo bueno que habían obtenido para la civilización alemana.
Entonces, ¿cómo se puede explicar el régimen nazi? Pienso que una elite pseudointelectual se apoderó del poder en Alemania, y no lo hizo porque las masas apoyaran su potencial ideología genocida, sino porque había una situación grave de crisis a la cual el grupo de líderes potencialmente genocidas ofrecía una salida, en la forma de una maravillosa utopía. El factor determinante fue que el grupo de intelectuales –de académicos, de maestros, de estudiantes, de burócratas, de médicos, de abogados, de clérigos, de ingenieros– se incorporó al partido nazi porque este le prometía un futuro y un status. A través del rápido crecimiento de la identificación de estos intelectuales con el régimen, se hizo posible presentar fácilmente el genocidio como un paso inevitable para lograr un futuro utópico. Cuando Herr Doktor, Herr Professor, Herr Direktor, Herr Pfarrer (Pastor), Herr Ingenieur, se convirtieron en colaboradores del genocidio, cuando el consenso evolucionó, conducidos por la semi mitológica figura del dictador, resultó fácil convencer a las masas de la necesidad de los asesinatos y reclutarlos para llevarlos a cabo.
Algo similar podría suceder en cualquier lado, pero en Alemania donde al menos parte de la elite ha absorbido un antisemitismo radical en el curso del siglo XIX y donde muchos de ellos agregaron una ideología racista general, resultó fácil para el grupo de líderes nazis genocidas convertir en cómplices a la mayoría de los ciudadanos alemanes. Los académicos desempeñaron un papel principal. Vuelvo nuevamente a la pregunta sobre si hemos realmente aprendido algo, si aún no continuamos produciendo bárbaros técnicamente competentes en nuestras universidades.
¿Y qué acerca de las iglesias? El Holocausto sacó a la luz una profunda crisis en el cristianismo. Mil novecientos años después que el mesías cristiano difundió el evangelio de la paz, su propio pueblo fue asesinado por paganos bautizados. Las iglesias, aquellas que no colaboraron, guardaron silencio.
Por otra parte, ciertamente uno no puede decir que dentro de la sociedad alemana prevalecía una norma antisemita radical. Pero había en ella una reticencia general referente a los judíos, inclusive entre los movimientos de masas no antisemitas, o aun antisemitas, que eran opositoras entre sí –los socialdemócratas, los comunistas, y el Centro Católico– y que constituían la mayoría de la población electora alemana hasta fines de 1932. Esta rivalidad hacía prácticamente imposible desarrollar una protesta general contra el asesinato de judíos. Sin embargo, la dictadura no era tan extremadamente totalitaria como para hacer totalmente imposible la acción de movimientos de protesta. Esto se demostró no solo con la oposición al asesinato de los discapacitados alemanes que llevó a la suspensión, en agosto de 1941, del así llamado programa de eutanasia, o al menos parcialmente, sino también con la demostración de las mujeres alemanas en la Rosenstrasse en Berlín, en febrero-marzo de 1943, que llevó a la liberación de sus esposos judíos. La consecuencia de la fragilidad de la conocida simbiosis judeo-germana fue que estuviera totalmente fuera de toda posibilidad que algún movimiento masivo defendiera a la impopular minoría judía.
Me parece que aún hay otro factor involucrado. La cultura europea tiene dos pilares: Atenas y Roma, por una parte, y Jerusalén, por la otra. Un ciudadano común de hace doscientos años, si él o ella tuviera por acaso un libro, seguramente tendría la Biblia Cristiana, la cual, como todos nosotros sabemos se compone de dos partes – el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento. Ambos fueron escritos principalmente por judíos.
La literatura, el arte y la filosofía griega y romana son, y seguramente fueron, tan importantes para la civilización occidental como lo fueron los profetas y los mandamientos morales de la Biblia Judía. Sin embargo, la Italia moderna y la Grecia moderna no usan la misma lengua que en las épocas pasadas; no adoran a los mismos dioses, no crean el mismo tipo de arte, o escriben el mismo tipo de literatura. Pueblos diferentes habitan ahora allí. Pero mi nieta lee lo que los judíos escribieron hace tres mil años, en el original, sin necesidad de diccionario. Inténtenlo con Chaucer – y él lo escribió hace solo unos cientos de años.
Cuando los nazis quisieron llevar a cabo su rebelión contra la cultura occidental, ¿no eran los judíos aquellos recuerdos aún vivientes de una de las fuentes de esa cultura, que ellos tenían que aniquilar? Los judíos, les guste a ellos o no, son el componente central de la autopercepción occidental. Esta autopercepción está difusa a través del mundo mediante la así llamada civilización occidental, como así también mediante la cultura kitsch – que también se origina en el oeste.
Hay un museo sobre Auschwitz en un suburbio de Hiroshima. Literatura sobre el Holocausto se lee en Sudamérica. El Holocausto ha asumido el rol de símbolo universal de todo mal porque representa la forma más extrema de genocidio, porque contiene elementos sin precedente, porque esa fue una tragedia judía y porque los judíos –aunque no son ni mejores ni peores que otros y aunque sus sufrimientos no fueron mayores o menores que aquellos de otros– representan una de las fuentes de la civilización moderna.
En la forma que yo lo veo, un historiador es aquel que no solo analiza la historia sino también cuenta historias verídicas. Por lo tanto permítanme contar algunas historias. En Radom, en Polonia, vivía una mujer judía con dos hijos. Su marido se había ido a Palestina en 1939 para preparar el camino para que inmigrara toda la familia. La guerra dividió a la familia. El marido devino ciudadano palestino y trató de salvar a su familia incluyéndolos en un intercambio con residentes alemanes en Palestina.
En octubre de 1942, cuando la mujer ya sabía qué les esperaba a ella y a sus hijos, un hombre de la Gestapo la convocó al cuartel y le dijo que ella iba a ser canjeada. En el lapso de una hora ella debía supuestamente volver con sus dos hijos a su oficina. Sí, dijo la señora, pero mi hijo mayor está trabajando fuera del gueto, y preguntó cómo se suponía que ella llamara a su hijo. Eso no es asunto mío, respondió el hombre de la Gestapo. Ellos tienen que comparecer en una hora. ¿Y si no? La mujer estaba desesperada. ¿Debían ella y su hijo menor compartir la suerte de su primogénito? ¿O ella, al menos, debía salvarse con su hijo menor? En su vuelta a casa ella se atormentaba por la decisión. Se le acercó su vecino y le dijo: Mira, tú no puedes salvar a tu hijo. ¿Por qué no llevas a mi hijo en su lugar? Mi hijo tiene la misma edad que tu hijo mayor. Conmocionada y con lágrimas la mujer se presentó al cuartel de la Gestapo con los dos jóvenes. El 11 de noviembre de 1942 ella arribó a Haifa. Los dos jóvenes fueron con el tiempo prominentes ciudadanos israelíes, con hijos y nietos.
La mujer después habló poco al respecto. Era una persona orgullosa y no hubiera vivido mantenida por la compasión de otros. Su esposo falleció apenas ella se encontró con él en Palestina. Hasta el final de su vida ella atendía un pequeño puesto frente a la gran sinagoga en la calle Allenby en Tel Aviv. Se decía que era una sobreviviente del Holocausto. ¿Ha sobrevivido realmente? No estoy seguro.
El Holocausto, junto con todas la otras cosas horribles que los nacionalsocialistas perpetraron, muestra que el Hombre no solo es capaz de hacer el mal, sino también –marginalmente, si se puede decir– lo opuesto, el bien. Oskar Schindler ha resultado una figura controvertida debido al famoso filme. Pero vean, cuando se despoja del mito, algo queda. Schindler no solo era miembro del Partido; también había sido un espía, un mujeriego, un alcohólico y un cruel explotador y mentiroso. Se puede encontrar pocas personas a las cuales se les pueda atribuir caracterizaciones más negativas. Sin embargo, contribuyó a salvar las vidas de más de mil personas arriesgando su propia seguridad. Él o su esposa llevaban trabajadores esclavos judíos gravemente enfermos y moribundos de los gélidos trenes para tratar de salvarles la vida. Él no tenía que hacerlo, pero lo hizo. Él fue a Budapest a advertir a los judíos de allí acerca de la Shoá. Él no tenía que hacerlo, pero lo hizo. ¿Por qué? Porque era un ser humano – tan malo como era, él era también bueno.
Esta historia muestra que uno podía, incluso como alemán, incluso como miembro del Partido, comportarse de una forma diferente de la de los ejecutores del Holocausto. Schindler y otros como él, como Otto Busse en Bialystok, quien proveyó armas a la resistencia judía, nos muestra que era posible salvar vidas. Las acciones de estas personas prueban, por un lado, la culpa de los otros, pero también, del otro lado, que la esperanza no está perdida.
Vean, está la historia de Maczek. Realmente su nombre es Mordejái. Su nombre es lo único que él sabe acerca de sí mismo. Antes de la guerra, a los tres años de edad, fue entregado por su madre a un orfanato judío en Lodz. Esto es lo que se le dijo más tarde. Entonces vino la guerra, y fue criado en Cracovia por una mujer polaca llamada Anna Morawczika. Naturalmente él pensaba que era su madre.
A los seis años de edad, mientras jugaba en la calle, fue golpeado accidentalmente por un auto lleno de soldados alemanes. Los soldados querían llevarlo al hospital, pero Anna Morawczika se opuso con toda su fuerza. Sabía que sería asesinado instantáneamente si se descubriera que había sido circuncidado.
Cuando había pasado la guerra, una mujer se presentó en lo de Anna. Anna le dijo a Maczek que esa mujer era su madre. Esta vez, ambas mujeres llevaron al joven y lo pusieron en un orfanato judío en Lodz. La madre desapareció, no fue vista nunca más. Maczek fue traído a Israel. Anna, quien lo salvó, falleció poco tiempo después. Maczek no sabe hasta el día de hoy quién es. Todo lo que sabe es que una mujer polaca salvó su vida porque lo amaba – un niño judío huérfano.
Hubo Annas y Schindlers, pero fueron pocos, muy pocos. Y la mayoría de los nazis eran como el hombre de las SS de la próxima historia. Yo no sé si la historia es verdadera, pero es así: Un hombre de las SS le dice a una mujer judía que él le salvaría la vida si ella adivinaba cuál de sus ojos era de vidrio y cual natural. Sin titubear la mujer señaló a uno de sus ojos y dijo, "Este es el ojo de vidrio". "Correcto", dijo el hombre de la SS, "¿cómo lo supiste?". La mujer contestó: "Porque se lo ve más humano que el otro".
Ahora vuelvo a la pregunta de si hemos aprendido algo. No mucho, o así me parece. Pero la esperanza persiste, incluso entre personas traumatizadas, un grupo al cual pertenezco. Ustedes, señoras y señores, al igual que miembros de otros parlamentos democráticos, cargan con una responsabilidad muy importante – especialmente como europeos, especialmente como alemanes.
No tengo que decirles a ustedes que lo que pasó en Ruanda o en Bosnia ocurrió en la puerta contigua a la vuestra. Recordarlo, como consecuencia del Holocausto, constituye solo un primer paso. Enseñar y estudiar acerca del Holocausto y todo lo que ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial y más adelante relacionado con racismo, antisemitismo y xenofobia – eso constituye nuestra próxima responsabilidad. Nosotros, alemanes y judíos, dependemos uno del otro para asumir esa responsabilidad. Ustedes no pueden llevar a cabo la tarea de recordar sin nosotros, y nosotros debemos estar seguros que aquí, donde surgió el desastre, está siendo construida sobre las ruinas del pasado una nueva, humana y mejor civilización. Juntos llevamos una muy especial responsabilidad frente a toda la humanidad.
Debe haber un paso más. El libro del cual hablé antes contiene Diez Mandamientos. Puede ser que deberíamos agregar tres adicionales: "Ustedes, vuestros hijos, y los hijos de vuestros hijos nunca se convertirán en asesinos"; "Ustedes, vuestros hijos, y los hijos de vuestros hijos nunca jamás os permitiréis ser víctimas"; y "Ustedes, vuestros hijos, y los hijos de vuestros hijos nunca, nunca, seréis espectadores pasivos de asesinatos masivos, genocidio o (que nunca se repita) una tragedia similar al Holocausto".
Les agradezco por su amable atención.