Reflexiones ante Rosh Hashaná 5776 – 2015/2016


                                              Egon Friedler, desde Montevideo




Esta noche celebramos Rosh Hashaná, el inicio del nuevo Año Judío. Esta fiesta tiene un profundo significado en la tradición judía. Señala con alegría y regocijo la iniciación de un nuevo año, y al mismo tiempo marca un momento de balance espiritual, de revisión crítica de nuestra conducta, de confrontación del hombre y la mujer judíos con su propia conciencia.
Rosh Hashaná también suele denominarse Iom Hazikarón, el día del recuerdo, pues en este día recordamos cómo fue nuestra conducta hacia nuestros semejantes en el año transcurrido.


Rosh Hashaná es un día de reconocimiento de las propias faltas y del compromiso íntimo, individual, a cambiar de conducta. Este concepto de la responsabilidad ética individual es lo que ha diferenciado a los judíos de los demás pueblos en la Antigüedad y constituye un aporte decisivo de nuestro pueblo a la civilización. En el contexto del libre pensamiento judío, el año nuevo es un momento de balance espiritual, de análisis introspectivo, de reexamen de nuestra conducta en relación a nuestros seres queridos y a nuestros semejantes. Rosh Hashaná constituye al mismo tiempo una confrontación del ser judío consigo mismo y una afirmación de la identidad y la responsabilidad colectivas.


Durante siglos Rosh Hashaná ha sido una celebración religiosa y para muchísimos judíos sigue siendo un día de confrontación del hombre con Dios. Para nosotros es un día de autoanálisis, de introspección, de penitencia ante el tribunal de nuestra propia razón.
Rosh Hashaná es un desafío a nosotros mismos. Queremos ser mejores de lo que somos, más íntegros, más justos, más solidarios con los demás. Pero no podemos autoengañarnos: sabemos que debemos hacer frente a nuestras imperfecciones y nuestras limitaciones como seres humanos.
Nuestro crecimiento espiritual depende de la capacidad que tengamos para superar nuestros defectos. En Rosh Hashaná tiene particular vigencia el antiguo proverbio judío: Im ein aní li, mí li, veim lo ajshav eimatai: ¿Si no velo por mí mismo, quién lo hará? ¿Si no es ahora, cuándo ?


Somos en última instancia responsables por nuestros actos. No podemos permitirnos la autocompasión ni la autoindulgencia. No podemos renunciar a las responsabilidades inherentes a la vida. Vivir significa aceptar el desafío que nos presenta un mundo imperfecto y considerar como un compromiso tanto individual como colectivo, la tarea de mejorarlo. El tener presente ese compromiso en nuestra conducta diaria, en cada pequeña prueba que nos impone el contacto con nuestros semejantes, es un profundo imperativo ético judío.


En Rosh Hashaná nos reencontramos con nuestra herencia judía y esto supone el encuentro con los seres de carne y hueso de la Biblia: Iaacov practicó el engaño; el rey David pecó con Batsheva y envió a la muerte a su marido, Uriá el hitita; Moisés se dejó llevar por la ira y el profeta Irmiáhu estaba sediento de venganza. Lo que da interés y vigencia a los textos bíblicos es su conocimiento del corazón del hombre y de la imperfección de la criatura humana.
Pero también hay en las historias de estos personajes tan lejanos pero tan vivos, una aspiración de trascender, de elevarse espiritualmente, de mejorar el mundo mediante una mejor relación entre los hombres, de bregar por un mundo más justo, más armónico, más pacífico.
Por todo ello, la Biblia es el fundamento de la herencia espiritual judía y ha sido el libro que más honda influencia ha tenido en la historia de la humanidad.


Rosh Hashaná es una ocasión propicia para reflexionar sobre el valor efímero de los bienes materiales. La riqueza y la prosperidad pueden ser amigos peligrosos. Nos dan cosas para poseer. Llenan nuestro mundo de objetos por los cuales preocuparnos. Primero adquirimos cosas porque nos son útiles y pueden servir para nuestro bienestar. No sólo nos prometen seguridad sino también identidad. Pero nuestra propiedad se transforma y nos transforma. De amos nos vamos transformando en esclavos. Dependemos cada vez más de lo que tenemos y cada vez menos de lo que somos. No dejemos que los bienes materiales nos empobrezcan espiritualmente. La vida siempre debe ser mucho más que la acumulación de cosas y del efímero poder que ellas parecen darnos. La riqueza espiritual no puede ser comprada por ningún oro en el mundo. Y el camino hacia ella está en la conciencia de cada uno.


Rosh Hashanah marca la iniciación del año judío. Celebrar esta festividad es remarcar que somos miembros de la familia judía, que somos parte del pueblo judío. Sus raíces son las nuestras: su cultura es la nuestra. El año nuevo es una oportunidad para reforzar nuestros vínculos con el pasado judío. Y también para reforzar nuestros sentimientos de solidaridad y de pertenencia. Estamos unidos para decir una vez más que la cadena de la continuidad no se ha roto.


Un rabí jasídico dijo una vez que los judíos se asemejan a la arena de la costa marina y a las estrellas en el firmamento. Cuando caen, llegan tan bajo como la arena de la costa pero cuando se elevan pueden llegar espiritualmente a la altura de las estrellas. En esta parábola se resume la grandeza y la miseria del género humano. El afán de superación espiritual es una cualidad innata que no necesita del estímulo de tradiciones o rituales religiosos.


En ciertos estudios etimológicos encontramos una curiosa interpretación del vocablo Shaná (Año en hebreo) el cual provendría de la misma raíz que shinui es decir, cambio, transformación. El año venidero debe ser distinto, en sentido positivo, del que está por concluir. Tal es el anhelo de todo judío en Rosh Hashaná ; que su hogar, su vida, la de los suyos y la de todos sus semejantes sea mejor, más rica y armónica.


El judaísmo es más que teología y que textos del pasado remoto. Es más que una fe y que ritos y normas de carácter religioso. Es una cultura viva de un pueblo vivo.
El judaísmo es pasado y presente. Familia, amor y lazos de amistad. Es sentido de la continuidad. Memoria, raíces y orgullo compartido. Música, danza y humor. Todo lo creado por el pueblo a lo largo de los siglos es judaísmo.
La riqueza del judaísmo está precisamente en su diversidad, en la variedad de opciones que ofrece. Si hay algo que ha permitido el  mantenimiento del judaísmo a través de los siglos, ha sido la libre elección entre las infinitas posibilidades del ser judío.


El poder del pueblo radica en su capacidad de cambio. Las circunstancias varían constantemente. El pueblo no es nunca el mismo y vive inmerso en un mundo que cambia vertiginosamente. Cada nueva circunstancia histórica plantea nuevos retos y desafíos. Hoy vivimos en un momento en que renacen enemistades ancestrales y feroces pasiones fratricidas. Y como siempre en la historia en que resucitan viejos odios, renace también el terrible fantasma del antisemitismo. La historia nos ha enseñado a no bajar la guardia y a no confiar en que coyunturas favorables se mantengan de una vez para siempre.


En la región donde se encuentra Israel, guerras crueles y sangrientas en Siria e Irak han producido más de un cuarto de millón de víctimas y millones de refugiados. A ello se suma, la violencia en Libia y Yemen, cuyo futuro como países es cuestionado por luchas de facciones que generan una inestabilidad incontrolada. En la frontera norte los peligros potenciales están constantemente latentes.En el mundo occidental sigue siempre presente el fantasma del terrorismo islamista de carácter internacional. Los asesinatos de París perpetrados contra la libertad de expresión y contra la comunidad judía fueron una terrible alerta para toda la humanidad incluyendo a aquellos que pretenden minimizar el peligro del Islam radical. Los peligros para el pueblo judío no se limitan a Europa y el Medio Oriente. El judaísmo de la Argentina ha vivido el traumático drama de la controvertida muerte del fiscal Alberto Nisman. Es imposible no ver en este drama la sombra del régimen teocrático de Irán, cuya responsabilidad en los atentados contra la Embajada de Israel en Buenos Aires en 1992 y contra la AMIA en 1994 es considerada indiscutible por los principales servicios de Inteligencia del mundo. Las implicaciones nacionales e internacionales de estos hechos nos obligan a estar alerta.


Somos integrantes de una generación para la cual el estado de Israel constituye una realidad cotidiana, con sus luces y sus sombras. Hace menos de un siglo, nuestros antepasados conocieron un mundo en el cual la soberanía judía era tan sólo el sueño de algunos visionarios y ser judío equivalía a ser integrante de un pueblo errante, perseguido y humillado. Hoy, a los 67 años de su existencia, Israel es una realidad dinámica y uno de los países más exitosos del orbe tanto por su creatividad como por su calidad de vida. Sin embargo, el Estado Judío es el único de la comunidad internacional amenazado de exterminio por un régimen islamista fanático. Es una amenaza que toda la humanidad no puede tomar a la ligera. En una zona de inestabilidad crónica, en la que la barbarie del siglo VII amenaza con barrer los avances de la humanidad en los últimos siglos, Israel es un poderoso garante de la democracia y la modernidad.


Cada año que pasa nos aleja más de la profunda revolución que ha llevado a la quiebra del socialismo totalitario como sistema político. Con la caída del comunismo ha terminado el enfrentamiento de dos bloques antagónicos, el armamentismo nuclear a nivel planetario, la guerra fría en todas sus formas, el temor a la extinción de la raza humana en un holocausto en el cual todos hubiéramos podido ser víctimas.
Lamentablemente el fin de la guerra fría no ha colmado las expectativas exageradamente optimistas que generó la caída del muro de Berlín en noviembre de 1989. Hoy nuevos focos de conflicto surgen a pesar del fenómeno de la globalización y la extraordinaria revolución en las comunicaciones. En esta realidad compleja y constantemente cambiante, crece el desequilibrio entre la tecnología y los recursos humanos, entre países ricos y pobres, entre la necesidad de más recursos energéticos y los problemas ecológicos del planeta. Hay un evidente desequilibrio entre los medios de que dispone la humanidad y su utilización racional. Por otra parte, las trágicas guerras en el Medio Oriente han creado una situación de desequilibrio internacional cuyas consecuencias son imprevisibles. La manifestación más peligrosa de ese desequilibrio es la incontenible avalancha de refugiados de países islámicos envueltos en guerras fratricidas hacia Europa. Al margen del temible desafío de seguridad que esta inmigración plantea, representa la amenaza de un retroceso de la civilización de muchos siglos.


Paralelamente a los vertiginosos cambios en la ciencia y la tecnología, la humanidad tiene demasiados problemas que no puede resolver : la incapacidad humana de hacer frente a los desastres naturales que cíclicamente azotan una y otra vez distintas regiones del planeta que se derivan de los cambios climáticos, el creciente desempleo a escala planetaria, la  miseria y el hambre  en distintas partes del mundo, el alarmante crecimiento a nivel global de una criminalidad cada vez más poderosa y amenazante, el terrible flagelo de la drogadicción, el mantenimiento en el poder  de regímenes dictatoriales que logran sostenerse mediante el gastado pero siempre eficaz recurso de la denuncia de enemigos externos, reales o inventados, la vigencia de viejos conflictos que parecen no tener fin, el uso irracional de los recursos cada vez más abundantes y sofisticados de que disponemos, el alarmante auge de la corrupción en las estructuras estatales de numerosos países, el surgimiento de  viejos-nuevos mesianismos agresivos como el fundamentalismo islámico que han convertido el terrorismo masivo e indiscriminado en un arma lícita, el alarmante resurgimiento de antiguos males como el racismo y la xenofobia. Al amenazante orden bipolar de la confrontación entre el capitalismo occidental y el totalitarismo comunista, ha sucedido un peligroso desorden internacional en el cual la humanidad parece estar indefensa frente a minorías violentas y alienadas.


Si Israel enfrenta problemas de enorme envergadura, no menos serios son los problemas que enfrenta la Diáspora. La creciente emigración de los judíos de Francia a Israel debido a un antisemitismo musulmán cada día más violento, ha vuelto a subrayar la precariedad de nuestra existencia en un mundo en el que el radicalismo islámico es la gran amenaza al mundo abierto y democrático en el siglo XXI. La globalización significa también la amenaza potencial del terrorismo en todos los puntos cardinales de la tierra. Hoy todo el mundo tiene clara conciencia de que el régimen teocrático iraní fue responsable de los mencionados atentados en 1992 y 1994 en Buenos Aires. Sin embargo, gracias a la estrecha vinculación  del gobierno iraní con el fallido gobierno seudoprogresista de Venezuela, la posibilidad de una presencia iraní militante en el continente es una espada de Damocles sobre la cabeza de nuestras comunidades en América Latina.
No menor, aunque de naturaleza mucho más positiva, es el desafío de recrear la vida judía sobre bases que la hagan atractiva para las nuevas generaciones y fortalecer la identidad judía en una sociedad tecnológica en la que existen fuertes presiones para debilitarla y hacerla desaparecer. Esa es la gran asignatura pendiente para nuestra generación.


Al margen de todas las amenazas que debemos enfrentar, no podemos dejar de valorar todos los hechos positivos que siguen gravitando en la vida judía. La contribución judía a la civilización  nunca ha sido tan variada, tan extendida y tan importante. No son pocos los investigadores de las ciencias sociales que tratan de entender el fenómeno de cómo una minoría ínfima como lo es el pueblo judío en el seno de la humanidad desempeña un rol tan desproporcionado a su tamaño. No solo se trata del número de Premios Nobel judíos. Se trata del hecho incontrovertible de que el aporte judío en las ciencias naturales, las ciencias humanas, las  diversas manifestaciones del arte y los más variados campos del saber humano es tan decisivo, que sin él no sería concebible el mundo contemporáneo tal como lo conocemos.


Tenemos el más profundo respeto por la tradición religiosa judía, pero nosotros somos hijos de la Emancipación y de la modernidad. Nuestro judaísmo es de carácter humanista y cultural y no está  subordinado a ninguna teología ni ninguna mística. Sostenemos la legitimidad de la infinita variedad de tendencias y posturas filosóficas y religiosas en el seno del pueblo judío. El pluralismo democrático es un imperativo sin el cual nuestro pueblo estará condenado a convertirse en una secta o a desaparecer. Por ello nuestra lucha por el pluralismo es la lucha por la continuidad judía y por la defensa de los valores éticos esenciales del judaísmo. Esta lucha es vital no solo para la unidad del pueblo judío sino también para la conservación de los principios democráticos que rigen nuestra vida.


Rosh Hashanah es no solo una confrontación con nuestra conciencia. También es un reencuentro con nuestro judaísmo.
Éste nos brinda la seguridad de nuestras raíces, la alegría de un hondo sentimiento de pertenencia, el profundo vínculo espiritual con el estado judío , el lazo vigoroso de la solidaridad  de un pueblo universal y el sentirnos parte de una larga cadena de generaciones.


En nuestra tradición Rosh Hashaná es símbolo de renovación y de nueva vida. Anhelamos que el nuevo año traiga progreso y prosperidad para el mundo entero y la paz tan anhelada para el Medio Oriente. En el año que se inicia, el pueblo judío debe seguir haciendo frente a trascendentes cometidos históricos, entre los cuales el principal es hacer frente a todas las fuerzas negativas que tratan de condenar a la frustración todo avance hacia la convivencia pacífica entre el pueblo palestino y el pueblo israelí. Es de esperar que el gran sueño de la paz genuina entre árabes y judíos tenga chances de hacer avances significativos en el año que se inicia.


Rosh Hashaná es una celebración de regocijo y de alegría, de valoración de la vida humana y de los vínculos fraternos que unen a todo al pueblo judío, en toda su dispersión y en toda su variedad. Es en ese espíritu que alzamos nuestras copas por Israel, por Jerusalén, el corazón del estado judío, por el pueblo judío en todo el mundo, por la paz, por la prosperidad, por un mundo más justo, más solidario y más unido en torno a causas que importan a toda la humanidad: un mundo que esté un poco más cerca de la realización de los sueños de los profetas de Israel que siguen teniendo vigencia después de dos mil años.

¡LEJAIM!