Aurora, 10.2.2011
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Poner fin a la discriminación a los varones judíos

Efraim Zadoff

La legislación rabínica discrimina a los varones judíos como transmisores legítimos de la pertenencia al pueblo judío a sus hijos
La ideología y la práctica sionista no religiosa acepta como judío a toda persona que por lo menos uno de sus padres es judío, ya sea la madre o el padre. Desde la formación de la Organización Sionista a fines del siglo XIX, toda persona que se identificaba como judío era aceptada a sus filas. Esto es cierto también en los movimientos juveniles sionistas. 
La Ley de Retorno imperante en el Estado de Israel mantiene esta posición. En base a esta interpretación de la tradición cultural judía es que cientos de miles de judíos de la ex Unión Soviética, cuya madre no es judía de nacimiento, pudieron convertir al Estado de Israel en su hogar.
Este reconocimiento amplio de los judíos tiene sus raíces en una visión que fusiona dos tradiciones judías milenarias que con el tiempo fueron alternadas entre sí. De acuerdo a la tradición aceptada en las leyes de la Biblia, la pertenencia al pueblo de Israel se transmitía por vía paterna. La tradición que impuso la vía materna fue impuesta por los sabios de la Mishná y luego por los del Talmud (JAZAL) en los siglos I-IV de la era cristiana.
La transmisión de la pertenencia al pueblo de Israel por vía paterna no es algo nuevo. En el Tanaj (Biblia hebrea) esto se refleja claramente en las narraciones referentes a la vida de los patriarcas como en las épocas posteriores descritas en los mismos. En la Torá (Pentateuco) se pueden hallar un sinnúmero de casos que presentan que patriarcas y líderes nacionales son hijos o descendientes por vía materna de mujeres extranjeras. Uno de los primeros es el de Menashé y Efraim, hijos de Iosef (José), hijo de Iaacov (Jacobo nieto de Abraham) y de Osnat, hija de Poti Fara, sacerdote de On en Egipto (Bereshit Génesis, 41:45). El redactor de Bereshit no encontró ningún inconveniente en el hecho que Osnat no era israelita y narra que Iaacov bendijo a Menashé y Efraim aún antes de hacerlo con sus propios hijos. Finalmente, los descendientes de Efraim se convirtieron en una tribu central del pueblo y en el componente primordial del Reino Septentrional de Israel.
Siglos más tarde, cuando el cambio a la vía materna impuesta por JAZAL estaba ya arraigada en la tradición judía, escritos en el Midrash de Ialkut Shimoni (probablemente escrito en el siglo XIII e.c.) ven dificultad en el hecho que Osnat era egipcia y explican que Osnat era la hija de Dina, hija de Iaacov, o que realizó una conversión. En realidad pretenden solucionar de este modo la contradicción existente entre los escritos de la Biblia y la ley rabínica.
Una situación similar, y tal vez la más conocida, encontramos en la genealogía del rey David, en la que para todos los comentaristas está claro que su bisabuela es Rut la moabita (Rut, 4: 22). También en este caso, tanto en las Tosafot al tratado Nazir del Talmud (siglos XII-XIII) como en el mencionado Ialkut Shimoni, nos cuentan que Rut se convirtió.
El cambio en el Talmud a favor de la transmisión del judaísmo por línea materna es terminante. Sin embargo, en diversos lugares de la narrativa talmúdica perduraron tradiciones que relatan discusiones en las que algunos sabios sostienen que el judaísmo se transmite por vía paterna, aunque su posición no es aceptada como ley. Asimismo, es de destacar que la tradición bíblica que mantiene la línea paterna se mantiene hasta hoy en algunas comunidades judías, como ser los karaítas, los oriundos de Etiopía y algunos sectores de los oriundos del Yemen.
Los fundamentos de esta modificación en el pasado y sus proyecciones sobre la realidad del pueblo judío no son claras hasta el presente. De todos modos, esta actitud discriminatoria respecto a los varones judíos como transmisores a sus hijos de la pertenencia al pueblo judío es sumamente problemática. En nuestros días esta halajá (ley rabínica) es insostenible frente a un análisis racional del tema. Desde una perspectiva objetiva de la naturaleza de la identidad judía o del compromiso para con el pueblo judío, no hay diferencia entre una persona que es hija de madre judía o de padre judío. 
Hasta ahora no se han hecho investigaciones del ámbito de la psicología social que demuestren la existencia de una diferencia de este tipo. Asimismo desconozco a alguien serio que piense resolver este interrogante con una investigación genética o que quiera revivir el concepto maldito del pasado cercano sobre “la raza judía”. El elemento determinante respecto a la relación con el pueblo judío es la decisión de los padres sobre el modo en que educarán a sus hijos y cómo ellos se auto consideran. 
Este análisis de la realidad judía actual traslada la discusión del ámbito no racional al plano relevante en el presente: la identidad real del ser humano.
Todos los sectores religiosos en Israel y casi todos en la diáspora deberían reevaluar su actitud respecto a esta perspectiva de la identidad judía. Los judíos no religiosos en el mundo, incluyendo al movimiento sionista laico y los reformistas en Estados Unidos, que aceptan como judío legítimo tanto al hijo de mujer judía como al hijo de varón judío, ofrecen una posición razonable frente a la realidad judía actual. Las otras corrientes deben cancelar sus exigencias de una persona que “sólo” su padre es judío que pase una conversión o una conversión más “liviana” (guiur lekula) en comparación a la que debe hacer un no judío que quiere incorporarse al pueblo. Esta exigencia agravia a personas que se consideran a sí mismos como judíos, crecieron y fueron educados como judíos y se identifican totalmente con el pueblo judío. Asimismo, es una afrenta a la tradición cultural nacional judía.
La imperiosa necesidad de realizar este cambio es muy relevante en la diáspora y urgente en Israel. Aquí las diversas corrientes religiosas ortodoxas, conservadora y reformista (el sector israelí) demandan de los cientos de miles de olim (inmigrantes) judíos cuya madre no es judía que realicen conversión para ser considerados judíos a efectos del registro y de la realización de las ceremonias de vida (casamientos entre otras). 
La urgencia de cambio en Israel se debe al hecho que en Israel no existe un registro civil y que los casamientos y divorcios deben ser registrados por la autoridad religiosa reconocida por el Gobierno, a pesar que la mayoría de las personas no son religiosas. 
Esta actitud se destaca especialmente como absurda ante la realidad que estos cientos de miles de ciudadanos israelíes se sienten judíos, están insertados en todos los ámbitos de la vida israelí incluyendo el servicio militar y mantienen una vida judía similar a la de los israelíes judíos no religiosos. Esta realidad es la que motiva que la absoluta mayoría de este sector rechace de plano la opción de conversión, demanda que considera ofensiva, y afirma con orgullo su identidad judía realizando ceremonias de vida inspiradas en la tradición y la cultura judías.
El movimiento sionista que brega por reforzar la unidad del pueblo judío y el Estado de Israel que fue fundado por el mismo, deben acercar y abrazar a todos los que pertenecen y quieren ser parte del pueblo judío. La misión del movimiento sionista y de los líderes espirituales, culturales y nacionales del pueblo judío debe ser la de unir y no disgregar, terminar con los intentos de crear uniformidad y ocuparse en reforzar la unidad. Cesar en la promoción de escisiones en el pueblo y optar por una actitud que aspire unir, acercar y estrechar filas. Y el Estado de Israel debe aceptar este fundamento e implementarlo positivamente en su estructura administrativa.