Parashá de Rosh Hashaná

Efraim Zadoff


La tradición milenaria de la lectura de la Torá, el Pentateuco, los cinco primeros
libros del compendio literario que en hebreo llamamos Mikrá o TANAJ, divide
estos libros en porciones que son leídas todas las semanas en un ciclo de lectura
anual de acuerdo a una tradición o un ciclo de lectura de tres años de acuerdo
a otra. Además de las porciones semanales, uno de cuyos fines es crear un tiempo
estable y definido para el estudio, hay otras porciones que se leen en las
festividades.
Pero antes de referirme a la parashá de Rosh Hashaná quiero compartir un
pensamiento respecto de la relevancia que pueden tener para nosotros los textos
bíblicos. Una persona judía no religiosa podría llegar a pensar que dado que estos libros son de carácter religioso, son irrelevantes para el lector laico.
La Biblia judía es una compilación de 24 libros redactados durante unos cinco o seis siglos en la Tierra de Israel hasta el siglo IV a.e.c. Esta compilación es una selección de un amplio acervo literario e histórico redactado en aquellos tiempos y de los que sólo algunos perduraron,en su versión en griego, además de los compilados en el Mikrá en su versión original hebrea. Parte de estos libros contienen legislación o mandatos, los cuales, como todo aspecto de la realidad en aquella época, se los atribuía a origen divino. Otra parte son libros históricos, leyendas, parábolas, odas e inclusive escritos eróticos de amor. Todos ellos juntos son la piedra angular de la cultura nacional del pueblo judío. Ésta es una creación clásica no sólo para la cultura judía ya que ocupa un lugar de honor en muchas de las culturas de la Humanidad. A lo largo de cerca de dos milenios y medio estos escritos son estudiados, analizados, interpretados, forman parte de liturgias e inclusive siguen siendo discutidos hasta hoy.
En esta biblioteca judía clásica encontramos las raíces de nuestra cultura en la que existen elementos y valores muy importantes para nosotros y para la Humanidad y otros valores con los que discutimos y divergimos y que rechazamos. Todos juntos conforman los cimientos de nuestra cultura nacional. Por ello consideramos de gran importancia el estudio, el conocimiento y el análisis de estas fuentes en su contexto y que pensemos su relevancia para nuestra realidad.

La parashá que se lee el primer día de Rosh Hashaná por la mañana es el capítulo 21 del libro de Bereshit – Génesis, y en el segundo día de la fiesta se lee el capítulo 22. Ambos capítulos se refieren a hechos de la vida familiar del patriarca Avraham. En el primero se narra que Sará su mujer dio a luz a su único hijo, Itzjak (Isaac) siendo ya anciana. Al crecer este hijo, Sará exigió a Avraham que echara a su otra mujer, Hagar la egipcia y sierva de Sará, junto con su hijo Ishmael, para que Itzjak quede como único heredero. En un comienzo Avraham se opone en expulsar a su hijo al desierto, pero el relato, que se refiere a la estirpe que heredará a Avraham, hace intervenir la mano divina que le indica a Avraham actuar de acuerdo a la voluntad de Sará. Hagar e Ishmael se adentran en el desierto de lo que hoy es el Neguev central y allí el joven está a punto de morir de sed. Sin embargo aparece nuevamente la intervención divina: un enviado de Dios o un ángel, que salva a Ishamel y le promete a Hagar que lo convertirá en el fundador de una gran nación.

La parashá del segundo día narra, entre otras historias, lo acaecido cuando la voz divina ordena a Avraham sacrificar en su honor a su hijo Itzjak ("… tu hijo, tu único, a quien amas, …"). Avraham obedece y lleva a Itzjak al lugar donde le indica Dios para realizar el sacrificio. El drama de la preparación del sacrificio avanza hasta el punto álgido en el que Avraham está por sacrificar a Itzjak, momento en el que nuevamente un emisaro de Dios o ángel le indica que no lo lleve a cabo y que no haga daño a su hijo. La narración continúa con la satisfacción de Dios por la actitud de total entrega por parte de Avraham y como recompensa le promete que sus descendientes se convertirán en una nación tan numerosa como las estrellas del firmamento.

Estas dos narraciones fueron objeto de un sinfín de explicaciones e interpretaciones a lo largo de los siglos de tradición exegética e interpretativa de los escritos bíblicos. También en el presente continúan presentando desafíos a pensadores y analistas y les da fundamento también para desarrollar explicaciones y desarrollar teorías sobre la conducta humana.
Algunos interrogantes que surgen al leer estas narraciones tienen que ver con las relaciones entre un padre y sus hijos. Se puede pensar qué clase de padre era Avraham que estuvo dispuesto a obedecer y comportarse de este modo con sus hijos. En esta consideración se debería tomar en cuenta el contexto cultural en el cual actúan estos actores en la Torá y, por qué no, cómo se verían conductas de este tipo, ya sea en forma explícita o metafórica, en nuestros días a la luz de los valores que nos rigen hoy.
Un segundo análisis que resulta interesante realizar se centraría en los hijos – Ishmael e Itzjak. El narrador bíblico no nos relata los sentimientos que despertaron en ellos las acciones y la actitud de Avraham. ¿Sorpresa? ¿Decepción? ¿Temor? ¿Odio?
Pero hay un dato interesante que nos cuenta en Bereshit capítulo 25 versículos 7-10: Avraham fallece a los 175 años –el texto dice "…se reunió con sus antepasados…"– y es enterrado en la cueva de Majpelá que Avraham había adquirido para enterrar a Sará. ¿Quiénes lo sepultan? ¡Sus hijos Itzjak e Ishmael! Unos versículos más arriba el mismo texto nos informa que Avraham tomó una nueva mujer, Kturá, con la que tuvo seis hijos más. Pero de acuerdo a esta narración sólo Itzjak e Ishmael son los que se ponen de acuerdo para rendir los honores póstumos a su padre.
¿Será que no guardaron rencor a su padre? ¿Lo comprendieron de acuerdo a los cánones culturales de la época? ¿Se sobrepusieron al trauma que les causó Avraham al expulsar a uno e intentar asesinar al otro?
¿Y cómo se desarrolló la relación entre los hermanastros? ¿Ishmael tuvo celos del hecho que Avraham prefirió a Itzjak? ¿O era algo natural que el hijo de la sirvienta fuera despreciado y alejado del campamento de su padre?
Este relato ayuda más a plantear interrogantes que a ofrecer respuestas. De todos modos nos deja la sensación de que los hermanastros se sobrepusieron a posibles rencores o rencillas y que están unidos para honrar la memoria de su padre.
Deseémonos que este año los hermanos y hermanastros sepamos sobreponernos a nuestros rencores y rencillas y que logremos encontrar el camino del entendimiento para poder juntos honrar la memoria de nuestros antepasados que procuraron la paz, y especialmente para dejarles a nuestros descendientes un mundo mejor. ¡Shaná tová!